Como cualquier otra entelequia, el lema oficial de la República Francesa es una plataforma de aspiración ideológica para crédulos. Trasunto de chorrada religiosa que disfraza la verdadera esencia del alma humana o al menos, la asiste con honrosos eufemismos de cara a la galería.
Tomados individualmente, estos tres conceptos pueden sacudirse con la facilidad que se sacude una alfombrilla para que suelten su fantasía mugrienta.
Vistos como una unidad, los humanos, ni somos libres, ni somos iguales ni nos queremos; siquiera en clasificaciones amplias tienen validez esas mercedes, son apenas rasgos de tribu, terruño y estrato social que apuntan a significarnos como grupo temporal de intereses.
La ambición a la supremacía, individual (o grupal en tránsito) desmiente de continuo el camelo igualitario que anida en las religiones y los partidos políticos, como el cuco en las nidadas de los pajarillos desprevenidos.
El siguiente aforismo, lo escuché en algún lugar de este mundo y no puedo precisar más, ni siquiera que fuera exactamente así: “Lo mejor del mundo, mi país; lo mejor de mi país, mi pueblo; lo mejor de mi pueblo, mi casa; y lo mejor de mi casa, yo.”
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