Me he
pasado un par de años lejos del mundanal ruido; no me han dejado quedarme en el
infierno, por no acreditar una maldad suficiente.
El
Purgatorio es lo suyo, Al, vaya allí y presente una instancia.
Me pasé 8
meses allí, me dieron cama entre la escoria más detestable que vaga por el
mundo y hasta vales de comida; tampoco allí, me dijeron, podía quedarme por no
ser ni tan abyecto, ni mostrar signos creíbles de redención posible.
-Pruebe
en el limbo.
Me
pareció una buena solución, aunque burocráticamente postergada (es lo que tiene
la vocación regulatoria de las almas); recogí un tridente que había birlado a
un rumano y los restos de unas alas de un católico que me propuso un trueque a
cambio de historias sucias, que le conté con fruición y algo de creatividad.
En la
puerta había un cartel que decía:
“I have
always felt lonely in the world out there. That’s why I escaped into film
making, even though the feelling of community, is an illusion”
Ingmar Bergman
Sorprendentemente,
el limbo es muy parecido al hogar de los mortales; busqué en los libros
sagrados, y encontré esta reseña acerca de él:
Limbo: Bucle de tiempo donde se vuelve a repetir el día hasta
que se cambie la acción necesaria para quitarse este efecto.
¡Coser y
cantar!, me dije, yo de esto, sé un rato.
Aligeré
el paso, di los buenos días a los que se demoraban dubitativos en la entrada y
entré con pie firme; creí escuchar que algunos comentaron:
-Este
debe ser juez o concejal de urbanismo, se lo ve muy resuelto.
Ya os
contaré.
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