sábado, 29 de febrero de 2020

Dos años lejos


Me he pasado un par de años lejos del mundanal ruido; no me han dejado quedarme en el infierno, por no acreditar una maldad suficiente.
El Purgatorio es lo suyo, Al, vaya allí y presente una instancia.
Me pasé 8 meses allí, me dieron cama entre la escoria más detestable que vaga por el mundo y hasta vales de comida; tampoco allí, me dijeron, podía quedarme por no ser ni tan abyecto, ni mostrar signos creíbles de redención posible.
-Pruebe en el limbo.
Me pareció una buena solución, aunque burocráticamente postergada (es lo que tiene la vocación regulatoria de las almas); recogí un tridente que había birlado a un rumano y los restos de unas alas de un católico que me propuso un trueque a cambio de historias sucias, que le conté con fruición y algo de creatividad.
En la puerta había un cartel que decía:

“I have always felt lonely in the world out there. That’s why I escaped into film making, even though the feelling of community, is an illusion”
                                                              Ingmar Bergman

Sorprendentemente, el limbo es muy parecido al hogar de los mortales; busqué en los libros sagrados, y encontré esta reseña acerca de él:

Limbo: Bucle de tiempo donde se vuelve a repetir el día hasta que se cambie la acción necesaria para quitarse este efecto.

¡Coser y cantar!, me dije, yo de esto, sé un rato.
Aligeré el paso, di los buenos días a los que se demoraban dubitativos en la entrada y entré con pie firme; creí escuchar que algunos comentaron:
-Este debe ser juez o concejal de urbanismo, se lo ve muy resuelto.
Ya os contaré.

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