Mi nombre es el que es, y si tuviera memoria, podría evocar las miles de páginas que he leído (al azar y sin motivo alguno) a lo largo de mi vida. Biografías, cuentos, leyendas, leyes físicas o esos teoremas de la razón a cuyo conjunto llaman filosofía. Lamentablemente, la mayor parte de esas lecturas, caen en el olvido más profundo; y apenas vestigios desmadejados, ideas sueltas que me hubieren impresionado, acuden a mezclarse aviesamente con otros temas heterogéneos, lo que me ha granjeado más de un ridículo. Aún a sabiendas del poco provecho que extraigo de esas horas de inmersión en el afán, pasatiempo o condena de otras almas, continúo abriendo un poemario o una enciclopedia cualquiera, allí donde la fortuna, o la tracción desentendida de mis dedos ha decidido. He conocido (sin ninguna necesidad práctica de ello) la vida de personajes que, habiendo sido insignes en su tiempo, han entrado poco a poco en la oscuridad de la historia. Apenas un puñado de seres (considerando los miles de millones de calaveras que hemos dejado atrás), consiguen aferrarse a una rabiosa actualidad, y cuya vigencia depende de los libros de historia, a través de las pasiones políticas, las consideraciones raciales o el fervor religioso (que muchas veces está demasiado ligado a las dos categorías anteriores).
Si hubiera sido capaz de retener aunque fuera un átomo de la magia de miles de poemas; narraciones y frases afortunadas o pulidas con esmero que he disfrutado y olvidado, podría escribir los versos más...¡Uy!, ¿de quién es esto...?, ¡Ah sí, de Mecano!

