jueves, 23 de noviembre de 2017

In memoriam Oscar Zheimer

Como hijos de una diosa menor, los Zheimer no vivimos demasiado; nos alcanzan unas pocas décadas para dejar claro que nunca llegaremos a nada que pueda ser considerado relevante para las aspiraciones al uso. Generación tras generación, abandonamos la partida  antes de alguien pudiera considerar que estamos acabados. Nunca supe muy bien si se trata de una cuestión genética o un ardid de linaje para sembrar la duda de que pudiéramos haber dado algo más, de no haber truncado el destino nuestra remontada tardía.
Poetas ignotos e inventores, supervivientes, suicidas, funcionarios de prisiones o comerciales de perfumería, los Zheimer nunca llegamos a cimas de prestigio como: dentista, capitán de caballería, cantante melódico o azafata del tren fantasma. Ser seres oscuros es una premisa inmutable de la prosapia familiar; nuestros momentos de gloria se confunden con una fiesta de cumpleaños con zapatos nuevos o la obtención del bachillerato en un instituto de extrarradio. 
Nunca me he tomado la molestia de indagar en la heráldica familiar, un poco porque sé que se trata siempre de exageraciones gráficas en forma de escudo cuyo fundamento se basa apenas en el paso del tiempo, el olvido y las pretensiones. Sin duda nuestro blasón, de existir, hará alusión al orden, porque los Zheimer abandonamos las pasiones mundanas y los hospitales públicos con el mismo orden en que llegamos al mundo a tratar de pasar desapercibidos. No hay registros que indiquen que nos pisamos el turno en las despedidas solemnes y siempre cedemos el paso a nuestros mayores.

No habrá grandes homenajes porque Oscar Zheimer murió al otro lado del mundo y mis compromisos me impiden darle el último adiós; simplemente tiraré al Paraná el anillo con la piedra azul que me regaló hace siglos porque me había visto triste, era un visionario.

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