miércoles, 15 de febrero de 2017

Por el amor de un neologismo


Debo confesarlo, estoy enamorado hasta las trancas; y no es porque la proximidad de la primavera (no sé si Uds. la notan) me impulse un lírico babear por alguna moza, tía buenorra o señora interesante que despierte mi aletargada curiosidad sexual.
Perder la cabeza en asuntos de amoríos implica que nos deja perplejos que nadie más parezca apreciar la sublime belleza o cualidades de nuestro objeto de deseo; que no merezca más que parabienes y reconocimientos, y que en fin, no podamos sacárnosla de la cabeza e insistamos en citarla aunque no venga a cuento de nada. Esto no es más que un paralelismo como verán a continuación.
La perfección, tiene dos vertientes, una mensurable y objetiva, que suele considerarse por los prosaicos, como la única válida; y otra, no menos valorada por innumerables soñadores puntuales, víctimas de  espejismos o intrigas, como así también de  los que adolecen de necesidades de lo más variadas y desatendidas. La perfección ilusoria es tan real para quien se exalta ante ella como una sinfonía inconclusa o un dibujo de Escher; pondremos de nuestra parte lo que sea necesario para que el goce que nos produce, se imponga convincente a los paganos. Defenderemos su excelsitud alegando que la ignorancia de los detractores tiene fecha de caducidad, y tarde o temprano se les revelará la verdad que su falta de sensibilidad les niega. 

El caso es que, al parecer, he perdido la cabeza por una palabra, una palabra perfecta. Ahora que el diccionario se ha convertido en un subalterno del febril empeño del Olimpo de la comunicación global en generar "palabros" y santificar anglicismos; ahora que las mujeres se "empoderan" contra el "heteropatriarcado" y sin comerlo ni beberlo, muchos nos hemos convertido en "machirulos" por preferir un bombero a una bombera. Ahora que para entender una publicidad tienes que conocer dos idiomas y para entender el mundo, haber visto todas las series de moda y conocer la mitad de los 40 principales, y una décima parte (al menos) de las hordas de famosos y famosillos que protagonizan la trama global; ahora voy yo y me enamoro de una palabra obsoleta e inexistente para la RAE. Claro, como esta palabra fetiche no tiene raíces sajonas, ni se alía con la estrafalaria ola de hembrismo que nos avergüenza, nadie está dispuesto a honrarla en el diccionario como lo que es, un adjetivo preciso e incuestionable, que define a la perfección lo que nombra: Sras. y Sres. permítanme presentarles a mi palabra preferida de un tiempo a esta parte: "Pagafantas"

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