viernes, 26 de agosto de 2016

En nombre del pueblo italiano


Recuerdo una película en la que tras ese preámbulo, se ejecutaba una sonora pedorreta.
Con el dinero que se ha gastado en los jardines del exiliado Wert, seguramente se podría repatriar el cadáver de la infortunada Ana Huete y aún sobraría dinero para traer aquí a todos los demás que murieron en el terremoto de Italia.
Apelando a una ley española que no considera a un terremoto "una causa excepcional", la familia de la granadina, deberá hacerse cargo de los seismil Euros que supondrá traer a España los restos de la joven.
Los problemas de los ciudadanos, inclusive si son tragedias imprevisibles, no son asunto del presupuesto español; pero si el pulgón ataca los parterres del mayor mamporrero en su exilio dorado, ahí actuará presto el ministerio que haga falta.
Será porque el sol se ha ocultado tras unas densas nubes, porque tengo abusones a mi alrededor o porque asisto la enésima indignidad de quienes nos gobiernan. La cuestión es que hoy vuelvo a estar sombrío.
Entre la hipérbole y el hiperbolazo se desplazan nuestros próceres; y si eso es así, es porque millones de personas siguen ratificándoles, votándoles (más que por buenos, para joder a otros) y garantizando así un oprobio continuo.
No nos engañemos, como nación, tenemos los gobernantes que nos merecemos. Como colectivo somos incultos y ventajeros; perezosos para la responsabilidad e hiperactivos para la chorrada y la queja vacua de bar. Por eso nos gobiernan sucesivamente, mafias más o menos reverenciales. ¡En nombre del pueblo apátrida!: ¡Que nos zurzan!

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